SIENTO, LUEGO EXISTO

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Me fascinaba la asignatura de filosofía en el colegio y todo lo que estudiábamos sobre el pensamiento, sobre psicología, sobre el sentido de la vida.
Y lo que en ese año 1998 más me fascinó y generó en mí un antes y después fue descubrir a Descartes y su famosa frase «pienso, luego existo».
La explicación que hacía este autor sobre la existencia puso en mí tranquilidad sobre este tema en mi búsqueda de mi propio ser y del motivo de mi existencia.
Desde ese momento estaba segura de que yo existía porque pensaba, ¡y mucho!
Asocié inconscientemente que cuanto más pensara, más existiría. Y los siguientes 15 años de mi vida me los pasé pensando. Estudiando, leyendo, divagando, realizando conjeturas, deducciones lógicas, tratando de adelantarme mentalmente a las circunstancias para encontrarles soluciones antes de que se presentaran y alimentando de forma insana una mente que no descansaba ni un solo segundo.
Acostumbré a mi mente a estar llena de pensamientos, en su mayoría inútiles y en muchas ocasiones negativos que generaban en mí malestar, ansiedad y angustia porque de tanto pensar y tratar de adelantarme a los posibles problemas se habían convertido en preocupaciones que no me dejan ni dormir. Y de ahí, nacían los miedos, y esos miedos me frenaban y no me dejaban fluir. No disfrutaba de la vida tal y como se me presentaba porque estaba ocupada en resolver con lógica los futuros problemas que se me pudieran presentar.
Me acostaba pensando, me levantaba pensando… ¡¡Era agotador!! Y al fin un día tomé conciencia de que pensar tanto no era el camino correcto para existir.
Me preguntaba a mí misma que si la existencia estaba basada en el pensamiento no tenía sentido que ésta fuera tan insana. Pensar tanto me desgastó física, emocioanal y energéticamente. Y me había llenado de miedos que yo sola había creado con estos pensamientos.
En este caos mental, no había ni un minuto de silencio. Si trataba de generarlo a los pocos segundos me venían pensamientos o canciones a la cabeza que se repetían una y otra vez y no podía controlar ni parar.
Traté de pararlos, y comencé a investigar como eliminarlos. Comencé a meditar, a prestarle atención a lo que había en el exterior, fuera de mi cabeza. Observar, escuchar los sonidos, escuchar a mi cuerpo… Y no os voy a engañar. Al principio, me era casi imposible permanecer más de 30 segundos sin que apareciera alguna idea en mi mente. Pero en lugar de enfadarme conmigo me di cuenta de que tenía que aceptar esos pensamientos y preguntarles qué querían decirme. Enfrentarme a ellos, pero con amor, y así desaparecían.
Poco a poco, los momentos de silencio mental fueron a más. Y si de pronto me veía con un pensamiento negativo tratando de adelantarme a algún posible problema, tomaba conciencia de esa actitud, aceptaba que era algo automático que yo sola había generado por mis creencias erróneas y me paraba a sentir, a observar el exterior, a escuchar… Sin enjuiciarme, sin esperar hacerlo perfecto desde el primer momento. Aceptando mis pensamientos y dejándolos marchar.
Y así, aprendí y hoy sigo aprendiendo que mi existencia, que mi ser, no se haya pensando sino sintiendo.
Si te permites sentir, escuchar el silencio, te das cuenta de que en ello está tu existencia, la esencia pura de tu ser.
El silencio te ayuda a sentirte y conectar más con tu ser, que es el que te dará las respuestas correctas, te generará paz interior y seguridad.
Por eso, hoy te invito a dejar de pensar para comenzar a sentir y así saber quién eres tú.
Yo «siento, luego existo».

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